Cada año, el Super Bowl se vuelve un banquete global comestible, una polémica cultural y una manifestación del capitalismo humano en estado puro. Y este año no será la excepción.
La final de la NFL —Super Bowl LX— enfrentará a los Seattle Seahawks contra los New England Patriots en el Levi’s Stadium. Los Patriots buscan su séptimo título histórico, resucitando viejas glorias tras el reinado Brady–Belichick; los Seahawks van por su segundo trofeo.
La transmisión mundial promete cifras astronómicas de audiencia y tentará a todos los rincones del planeta a mirar el mismo partido aunque no entiendan las reglas.

Pero el Super Bowl no trata solo de futbol americano. Para muchos, el marcador importa menos que la mesa. Alitas apiladas. Dedos brillosos. Pizza tibia. Hot dogs sudados. Nachos ahogados en queso industrial. Alguien mastica con la boca abierta, respirando con dificultad, como si el aire ya no alcanzara. Mandíbulas en automático. Cervezas abiertas desde medio día: frías, espumosas, inevitables.
Comer no es hambre. Es inercia.
Estados Unidos —y el mundo que gira alrededor de este domingo— entra en la orgía del fast food.

La National Chicken Council proyecta que este año se devorarán hasta 1.48 mil millones de alitas de pollo durante el fin de semana del Super Bowl. Huesos desnudos apilándose en platos de unicel. Servilletas inútiles. Si se pusieran en fila, darían la vuelta al planeta varias veces, como un rosario grasoso.
Junto con las alitas, millones de pizzas y cantidades industriales de guacamole. Ese puré verde que se embarra, que se pega a totopos, nachos y dedos. Carente de la identidad que lo vio nacer.
El guacamole empuja exportaciones récord de aguacate mexicano hacia Estados Unidos. Fruta cruzando fronteras para terminar triturada, salada, olvidada en un bowl de plástico.
Las mesas se vuelven bacanales domésticas: queso derretido endureciéndose al contacto con el aire, papas fritas frías, dips pisoteados. Panzas tensas contra el borde de la mesa. Camisetas manchadas. Sudor mezclado con salsa BBQ. Arterias haciendo lo que pueden mientras otro hot dog desaparece sin masticarse del todo.
Para bajar todo eso, algo líquido debe entrar.
Las estimaciones hablan de más de 325 millones de galones de cerveza consumidos durante el Super Bowl. Todo baja. Todo sale. Millones de personas orinando al mismo tiempo. Baños saturados. Tuberías vibrando. El cuerpo pagando la cuenta.

Y entonces, el espectáculo.
El Super Bowl ya no es solo deporte. Es pasarela política, tablero de marketing y tótem cultural. Este año, el escenario lo toma Bad Bunny. Música latina en el altar máximo del entretenimiento gringo. Celebrado, odiado, diseccionado. Mientras tanto, alguien se limpia las manos grasosas en el pantalón.
Treinta segundos de publicidad cuestan hasta 10 millones de dólares. Inyecciones audiovisuales: cerveza, autos, apps, nostalgia, patriotismo. Dopamina empaquetada. Todo entra por los ojos mientras la boca sigue masticando.
Al final, un campeón.
No hay culpa. No hay pausa. Solo repetición.
Grasa como lenguaje común. Exceso como identidad. Comer hasta no sentir. Beber hasta olvidar o esperar el próximo.
El fútbol queda ahí, al fondo, tratando de respirar entre platos desechables y latas aplastadas.


