Antes de seguir leyendo: este texto habla del burnout en la industria restaurantera desde adentro: desde mi cuerpo, mis turnos y la culpa de aguantar. Así que ahí voy. ¡Atrás caliente!
Cocaína metida en la nariz para aguantar. Alcohol como agua de tiempo. Úlceras abriéndose por dentro como flores podridas. Saliva mezclada con sangre. El reloj biológico hecho trizas. Y esa quemazón constante que carcome mientras chambeo.
Yo lo elegí. Nadie me obligó.
Pero nadie te advierte que el precio de pertenecer a este gremio, muchas veces, es verte apagarte poco a poco, dejar la carne en cada turno, quemarte vivo sin que eso aparezca en ninguna cláusula. Aquí, si quieres que te vean, tienes que dejarte romper. Y lo peor es que todos lo sabemos. Y aquí seguimos.

Al principio no duele. Solo cansa. Luego ya no descansas ni durmiendo. El cuerpo sigue funcionando, pero algo se desconecta por dentro. Empiezas a olvidar por qué entraste a la cocina, por qué te gustaba el fuego, cuándo fue la última vez que sentiste hambre real. No es flojera. No es falta de carácter. Es estar quemado hasta la médula y fingir que no pasa nada.
Todavía hoy, cuando me atrevo a tomar un día de descanso, la culpa me muerde. Como perro entrenado. Como si no tuviera derecho. Descansar se siente como robar. Como fallarle a algo que ni siquiera me pertenece. La vergüenza cala hondo por no ser “útil” un solo día, como si el mundo se fuera a caer porque no produzco. El adoctrinamiento funciona así: te arrancan la tranquilidad y te dejan una voz que repite que no vales sin sudor. Diez años de rutina no solo me partieron el cuerpo, también me pudrieron la cabeza.
Fui víctima de una franquicia que me exprimió hasta el tuétano. Para mí, lo “normal” eran jornadas de doce a quince horas. Pensar en salir antes era blasfemia. Me tragué la mentira del “vas a crecer” mientras me pisoteaban, cargando chamba ajena, chupándome la vida sin los beneficios del sueldo. Yo era de los que llegaba antes y se iba después, aferrado a la esperanza pendeja de que algún día dejaría de ser peón.

Y entonces pasa. El desvelo y el vicio se vuelven rutina, y lo normalizamos. La línea entre estar vivo y estar muerto se borra. Las drogas, el chupe, las malpasadas y el espresso doble dejan de ser vicio y se convierten en gasolina. En muletas. En salvavidas improvisados. El cuerpo grita, pero nadie escucha. Esos excesos se vuelven el único sentido de un día que apesta a lo mismo de siempre.
Y aún así, aunque el cuerpo grite basta, ahí vas. A buscarle sentido a la noche. A buscar —a la una de la mañana— cualquier lugar donde el dolor no importe. Donde te sirvan como tú has servido. Aunque sea por unas horas. Aunque ni siquiera te quieran ahí. Porque eso es lo que queda: un rato de olvido disfrazado de fiesta. Unos tragos para no pensar en lo que viene cuando amanezca.
En esos rincones húmedos del inframundo, la industria enseña las entrañas. Ahí nos revolcamos los que todavía encontramos maneras de autodestruirnos un poco más: nahuales deformados por el cansancio, prostitutas con los sueños triturados, dealers de ojos vacíos, meseros podridos de hartazgo. Cada noche nos arranca la poca dignidad que queda. En todas las caras está el mismo deseo: tocar fondo para dejar de sentir.
Regreso al jale con el estómago haciendo eco y la cartera igual de flaca, cortesía de las decisiones —buenas o malas, da igual— de la noche anterior. Y la rueda sigue girando. La misma esperanza necia, la misma paga miserable. Otro turno donde no hay tiempo ni de aventarse un taco. Ironía cruel del restaurante: sirves platos, pero tragas aire. Sueños vacíos. Porque tu motor tiene que aguantar sin alimento.
¿En qué momento aguantar se volvió la única forma de quedarse?
La esclavitud no viene en el manual, pero todos la aplican. Si quieres quedarte, es tu decisión. La amenaza siempre flota, muda pero presente: si no eres tú, hay una fila esperando tu lugar.
No esperes aquí un discurso bonito ni frases de autoayuda. Esto es un escupitajo desde el fondo. Vomitar la experiencia con la fe puesta en que le sirva a alguien. No es terapia. Es la confesión de un cuerpo y una cabeza hechos trizas por el sistema. Un grito al vacío. Porque aquí nadie viene a salvar a nadie. Nos estamos quemando juntos. Y cada quien se rasca con las uñas que le quedan.
Ojalá tengas más suerte. O que al menos, cuando te toque morder el piso, sepas por qué dolió.


