La Monchosa reabrió esta semana en la esquina de Av. Washington 9 con Balboa, en el Fracc. Reforma, y el puerto de Veracruz respira distinto. No es exageración: pocos proyectos nacidos desde abajo, con identidad clarísima y sin apellidos rimbombantes, logran mantenerse vivos más de diez años y, además, crecer sin volverse otra cosa. Este es uno de ellos.

Para entender por qué importa este regreso hay que recordar de dónde viene. La Monchosa nació de un food truck con más sueños que certezas: Ale (esposa de Raúl) —embarazada— y Raúl Zamudio cocinando puerco, pulpo, pesca fresca y tlacoyos con longaniza en cualquier banqueta de Veracruz. Pasaron luego a un local pequeño que se volvió el refugio de “la banda de la industria”, de propios y extraños que buscaban producto fresco trabajado con cariño. Se quedó chico. Se volvió mito. Cambió de aires pero no de alma. Regresó. Se volvió fila. Se convirtió en un lugar donde podías ver a un empresario junto a un jornalero, a una familia junto a un político, todos felices con la boca llena y un trago en la mesa. Un proyecto que pertenece a esa rara categoría de restaurantes que no se entienden por estética, sino por cultura y producto.

El cambio de hoy no solo es cosmético. Es humano y logístico: más personal, más mesas, más método, más detalle. Creció la familia, el equipo y los sueños. Hace diez años eran tres: Ale, Tiago en camino y Raúl. Se sumó Irma y fueron cuatro. Luego seis. Nació Maca (su segunda hija). Luego fueron Ocho. Quince. Hoy son más de 30 personas entre cocina, piso, administración y proveedores fieles como Heriberto Reyes (Las Barrancas, Ver.). Ese número importa porque guía la filosofía central del proyecto: crecer para cuidar. Cuidar al equipo, cuidar a la clientela que ya no cabía, cuidar al producto que pedía espacio para abrirse, y cuidar a la familia.

Lo nuevo no borra lo viejo: aire, luz, bulla, servicio visible y operación que fluye. Zamudio lo dijo claro:
“Lo que más feliz me tiene es crecer la familia y crecer el espacio para que más gente pueda sentarse y probar lo que hacemos”. Y se siente. El servicio sigue siendo cálido, cantinero y familiar. El propio chef sigue caminando sala, preguntando cómo la están pasando, platicando y sonriendo mientras disfruta ver feliz a su nueva familia: los comensales.

En carta repiten fórmula: zarandeados, aguachiles, tiraditos, ceviches, tacos, brasa y parrilla. Producto fino y una barra que no se complica pero sí cumple: mezcal, sake, cubas, gin y cerveza que sale fría como nalga de pingüino.
Entran dos piezas nuevas: la hamburguesa y El Califa. El tiradito sigue siendo un golpe de cítrico limpio con corte sedoso y firme, frío perfecto y ese umami que obliga a empinar el plato al final. El Califa trae rebozado con vibra Baja. La hamburguesa —dicho por Manny, nuestro director creativo— “la mejor de Veracruz”. No se siente pose: se siente producto.

El plato que define este momento es el Puerco del Mar: combinación improbable que desde 2015 funciona como declaración de principios. Vive entre dos mundos —la proteína del cerdo y la profundidad del pulpo— y demuestra que La Monchosa nunca ha querido ser purista, sino creativa, callejera y respetuosa del producto. Es un taco contundente y plebeyo, prueba de que la mejor cocina popular no necesita explicarse: se repite.

La reapertura se vivió como fiesta discreta: música playera, reggae, cumbia, mucha miche con tocino, caguama fría y ese ruido veracruzano que no grita: existe. La gente feliz, los cocineros también. Para quien la conoció desde el día uno —como quien escribe— fue un shock ver lo grande que está, pero también sentir que uno volvía a casa.
La Monchosa no es un restaurante: es la algarabía de Veracruz hecha cocina. Y eso, en una ciudad que a veces se olvida de sí misma, vale oro.



