A finales de diciembre, los rituales de Año Nuevo nos convierten a todos en una mezcla rara entre chef ritualista, chamán de banqueta, psicólogo de cantina y experto improvisado en tradiciones mexicanas. Todo para lo mismo: convencer al universo, por las buenas o por las cocinadas, de que el próximo año ahora sí nos suelte un milagrito. Porque si algo nos enseñó mi tía Elpidia es que cuando la suerte no alcanza, se reemplaza con comida.

Las 12 uvas: el sprint olímpico de la desesperación
31 de Diciembre. El reloj marca las 11:59 pm. Tú estás ahí: elegante, sudando, con tu copa en una mano y doce uvas en la otra, que parecen susurrarte: “Ándale, mi rey, trágame, que el universo tiene fila de espera pa’ los deseos,”
La tradición dice que una uva = un deseo. La realidad dice que es el único momento del año en que comes fruta a velocidad suicida.
Spoiler que arruina infancias: Este ritual nació en España por sobreproducción de uva. O sea, no era magia; era una maniobra desesperada para deshacerse del excedente, como cuando tu tía te insiste en llevarte un topper con espagueti verde.
Pero, seamos honestos: cada uva sabe a ilusión, a angustia, a ese sentimiento muy nuestro de “este año sí, Diosito, te lo juro”.

La lenteja: el capitalismo hecho guiso
En México convivimos con dos versiones del ritual: la ancestral, que manda comer un plato de lentejas para atraer prosperidad, y la urbana, esa donde se guardan crudas en el bolsillo como si fueran criptomonedas prehispánicas o fichas de un casino donde la casa siempre gana.
Las lentejas son la versión comestible del autoengaño nacional, un guiso humilde sobre el que depositamos expectativas que ni la bolsa de valores se atrevería a prometer. En cada casa hay una madre, una tía o una abuela que convierte el acto en liturgia doméstica, e insiste en que tomes otro puñito por si la vida decide ponerse cruel.
Y uno, con el bolsillo inflado, termina sonando como sonaja, convencido de que una simple leguminosa puede enderezar el año o, cuando menos, sostener la esperanza.

El brindis: clase de antropología con alcohol y mentiras elegantes
El brindis es la mentira elegante que repetimos cada año: un pequeño teatro donde nos contamos que el alcohol simboliza comunidad, renovación y buenas intenciones, cuando en realidad sirve para aflojar el nudo de la garganta y posponer el colapso hasta después del recalentado.
La sidra de Zacatlán de las Manzanas burbujea como si entendiera el ritual, la familia se endereza en sus sillas y finge solemnidad mientras cada quien repite mentalmente su inventario de pérdidas, promesas y pendientes. Hay un silencio teatral que pretende ser profundo pero sólo confirma que nadie sabe qué decir sin sonar cursi.
Y entonces llega el pensamiento colectivo, silencioso, inevitable: ojalá alguien saque el Bacardí de una vez, porque seguir fingiendo compostura es demasiado trabajo para un 31 de diciembre.

Frutos secos: arqueología aspiracional
Nueces, almendras, avellanas: en las mesas veracruzanas se convierten en piezas de museo doméstico. Pocos las comen, tocan, o desean. Simplemente reposan ahí, viudas e intactas, recordando que en diciembre nos da por comprar objetos comestibles que jamás cruzarán al estómago, pero que nos permiten sentirnos discretamente europeos durante un cuarto de hora.
Son el recordatorio silencioso de nuestra fantasía colectiva de prosperidad, el adorno que confirma que también sabemos fingir abundancia cuando hace falta. En el fondo representan la versión gourmet del mantra anual que nunca cumple su promesa: “Este año sí voy a ahorrar.”
Spoiler absoluto: no.

Los otros rituales… México siendo México
En nuestra región los rituales se multiplican como mosquitos en temporada de lluvia: calzones amarillos para atraer la suerte, calzones rojos para atraer lo que la suerte no resuelve; maletas vacías desfilando por la cuadra para salir de viaje; billetes escondidos en los zapatos con la esperanza de que el dinero, al menos ese día, sí decida acompañarnos.
Arroz para la fertilidad, borrego para la abundancia, plátano para no sé qué pero igual se pone en la mesa porque alguien lo vio en un programa matutino. Entre rezos improvisados y coreografías familiares que cambian según el último chisme, lo único que se mantiene constante es la total ausencia de coherencia.
Pero sobra fe. Y a esta tierra siempre le ha bastado con eso para seguir respirando.
Parecemos los hijos amorosos y confundidos de Macondo y TikTok, criaturas de realismo mágico con filtros de belleza, convencidos de que un pequeño acto ridículo puede, por un instante, enderezar nuestro destino.
Y casi siempre… funciona.
La verdad, aunque nos burlemos, todos estos rituales sirven, sí, pero no por los poderes que les inventamos cuando el calendario se acaba. Funcionan porque nos obligan a juntarnos, a mentirnos bonito, a prometer sin miedo, a brindar sin vergüenza, a exagerar el drama sin que el mundo nos cobre factura. Son el maquillaje simbólico con el que enfrentamos la tragicomedia de existir sin manual ni reembolso.
En el fondo lo sabemos: no controlamos nada. Ni las uvas, ni la suerte, ni el año que viene con su humor incierto. Pero la mesa llena sí. Esa mesa que cruje, que humea, que reúne carcajadas y silencios, que se vuelve altar improvisado para sostenernos un día más.
Ahí está la verdadera suerte. No en la lenteja, no en el calzón, no en el rito. En la mesa. En la gente.
Porque en un país que inventó la supervivencia a punta de fe y comal, la mesa sigue siendo el último lugar donde nadie nos pide ser fuertes, el sitio que nos recuerda que todavía hay alguien esperando que volvamos.
Y eso, seamos sinceros, es lo más parecido a la suerte.
