MANDARINA: LA MIGRANTE QUE NO VENÍA A NADA… Y TERMINÓ SIENDO TODO

De monjes chinos al Porfiriato, del fogón al bar: la historia imposible de un cítrico que cruzó el mundo para convertirse en perfume decembrino, vitamina emocional y —al final— en un menjurje cuya receta encontrarás en este texto.

China, 3,000 años antes de que alguien cantara por primera vez “arre borreguito”. Un monje del sur pela un cítrico brillante, jugoso y fácil de abrir. A ese fruto lo llamaron de mil formas, pero la ciencia moderna lo fijó como Citrus reticulata: la mandarina, uno de los tres cítricos primigenios del planeta, madre y abuela de casi todo lo que exprimimos hoy.

La mandarina era medicina, ofrenda y símbolo de buena fortuna. Y mientras en Europa seguían discutiendo si bañarse era saludable, China ya la cultivaba con una sofisticación que dejaría en ridículo a cualquier agrónomo con TikTok. Ahí nació, ahí reinó, mientras sus hermanas —el cidro, el limón, la naranja agria— viajaban por la Ruta de las Especias.

La mandarina, curiosamente, no viajó con la violencia tradicional de Occidente.

Esa es su rareza histórica: no la saquearon, no la rebautizaron a punta de espada ni la presumió ningún europeo mal documentado diciendo “la descubrí”. De hecho, ni sabían qué era. A duras penas entendían el concepto “cítrico”… como para agregarle una prima lejana.

Su turno llegó tarde, en siglo XIX, cuando el mundo ya tenía trenes, máquinas de vapor, imperios gordos y un apetito absurdo por coleccionar plantas exóticas como si fueran estampitas botánicas.

Desde los puertos de Cantón y Shanghái, la mandarina cruzó océanos no como tesoro, sino como experimento científico. Entró a Europa embalada como “frutas chinas” y llegó a América vía Florida entre 1840 y 1850, adoptada por agrónomos que anotaban todo con la emoción de un burócrata en ayunas.

México, ocupado en sus guerras, deudas y presidentes que acumulaban problemas como pasatiempos, la recibió sin ceremonia. No llegó al Virreinato, sino al Porfiriato, cuando lo extranjero era modernidad garantizada (aunque costosa).

Los archivos agrícolas de la época la registran casi con desgano:

“Mandarina. Variedad Dancy. Procedencia: Florida.
Comportamiento: prometedor.”

Prometedor.

Interesante forma de describir el fruto del que provendría el olor oficial de la infancia mexicana, el perfume decembrino más democrático del país, el gajo que todos aprendimos a pelar con la misma técnica con la que aprendimos a sobrevivir.

La mandarina llegó sin violencia. México la adoptó con ese talento nacional para volver extranjería en identidad. Hoy, como cada diciembre, regresa como vitamina emocional, como aroma que no admite tristeza. Acompaña piñatas, posadas, villancicos, pleitos familiares sin motivo y —por supuesto— tragos.

Y aquí entra Uriel Téllez: bartender, alquimista y exorcista ocasional.

La historia es simple: Le conté que quería un trago que hablara del viaje de la mandarina. Algo migrante, descarado, medio político, medio antojadizo. Un cóctel que supiera a invierno, pero que pegara como conversación incómoda en Navidad.

Uriel me miró con esa cara de: “otra vez este cabrón con sus encargos”, pero dijo que sí.

Al día siguiente se presentó con una bolsa de mandarinas, unos tejocotes tristes que él juraba resucitar, un vodka frío como Moscú en enero y la convicción absoluta de que “de esto sale algo chingón”.

Lo vi tatemar tejocotes, machacar aceite, agave y aguardiente, y mezclar vodka, jugo fresco, vermut y chutney tibio. Le di un trago.

Ahí estaba todo: China, Florida, Veracruz, diciembre, migración, nostalgia, ironía y peligro. Un viaje líquido. Y aquí está el resultado: Martincillo de mandarina, un trago que —como la mandarina— viajó mucho antes de llegar a ti.

Disfruta.

MARTINCILLO DE MANDARINA
por Uriel Téllez

Ingredientes

  • 50 ml Absolut Mandarin
  • 50 ml jugo fresco de mandarina
  • 15 ml vermut blanco
  • Chutney de tejocote tatemado
  • Hielo en cubos

Para el chutney de tejocote

  • 7 tejocotes frescos
  • 50 ml miel de agave
  • 30 ml aguardiente de caña
  • 30 ml agua
PROCEDIMIENTO DEL CHUTNEY
  1. Tatemar en parrilla los 7 tejocotes hasta que se ablanden y la cáscara esté ligeramente quemada.
  2. Retirar y agregar miel de agave, aguardiente y agua.
  3. Machacar para incorporar y dejar reposar 30 minutos.
  4. Colar con malla o chino. Listo.
PROCEDIMIENTO DEL MENJURJE
  1. En un mixing glass con hielo, agregar uno a uno los ingredientes empezando por el vodka.
  2. Revolver y dejar reposar unos segundos.
  3. Sacar una copa coupé previamente enfriada.
  4. Con una brocha corta, dar dos brochazos de chutney de tejocote por dentro de la copa.
  5. Colar y servir solo el líquido del mixing glass.
  6. Decorar con cáscara de mandarina.
  7. Beber y repetir la acción hasta que la conversación navideña esté lo suficientemente interesante… o peligrosamente honesta.

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