La historia del ponche navideño en México empieza antes de las posadas, antes de llenar tazas de peltre despostilladas, antes de que en cada diciembre alguien grite “¡ponle piquete, que así no pega!”. El ponche fue primero un viajero político. Sí, político. Porque todo lo que cruza mares cargando especias, frutas y territorios saqueados jamás es inocente.
Su vida empieza en Asia, cuando todavía respondía al nombre pãc: agua, azúcar, cítricos, especias y aguardiente. Un brebaje sencillo que calentaba manos, calmaba jornadas y, de paso, hacía más llevables ciertas existencias.
Luego vino el “gran talento” de Occidente: apropiarse de lo ajeno con una sonrisa. El pãc se subió a los barcos europeos donde se movían especias, oro y silencios y, entre mareos y comercio, aprendió modales de salón. Refinado, aromático, y útil para brindar mientras se firmaban acuerdos que desbarataron continentes.
Pero su destino no estaba en esas mesas ceremoniosas. Su camino real iba hacia un continente donde la fruta tiene carácter, la tierra tiene memoria y el azúcar carga con más historia que muchas naciones.

Cuando llegó a América —y México lo vio acercarse— todo cambió. El brebaje dejó la etiqueta y buscó fogón. Encontró caña, encontró fruta, encontró familia. Y ahí, entre mercados, huertos y resistencias, se volvió otra cosa: ponche.
Lo abrazó el piloncillo, oscuro y honesto como cañaveral sudado. Lo perfumaron canela y clavo, especias viajeras con pasaporte manchado por sangre y guerras silenciosas. Lo suavizaron tejocote, guayaba, manzana y pera, frutas que le hablaron de tierra y temporadas. La flor de jamaica lo tiñó de rojo profundo, recordándole que no hay dulzor sin heridas. Y la caña, siempre la caña, testigo incómodo de plantaciones, negritud y trabajo borrado de los libros, le dio columna vertebral: dulzor, cuerpo y la memoria amarga de la esclavitud.

El ponche no solo encontró familia: encontró insurrección. Se mezclaron mundos, se cruzaron dolores, y se adoptaron sabores sin pedir permiso.
Pasó de olla suntuosa a fogón popular; de bebida extranjera a símbolo doméstico; de salón europeo a patio de barrio. Se volvió mestizaje líquido: dulce, hirviente, contradictorio. Como México.
Porque preparar ponche es servir historia. Es poner a hervir la travesía del mundo en una misma olla: especias que viajaron miles de kilómetros, frutas que nacieron aquí, azúcar con cicatrices, olores que evocan infancia y cocinas comunitarias.
Y es que ahí, en el calor del viejo viajero, está todo: mestizaje, fiesta, pobreza, ingenio, resistencia, despojo y consuelo. Todo junto. Todo discutiendo. Todo coexistiendo, como debe de ser.

El ponche —esa mezcla que parece simple— es la prueba de que este país sabe transformar dolor en familia y desorden en identidad. Que la historia, cuando hierve lo suficiente, deja de ser discurso y se vuelve celebración.
Así que la próxima vez que vuelvas a llenar la taza, recuerda esto: No sólo estás bebiendo Navidad, estás bebiendo resistencia, estás bebiendo cultura, estás bebiéndote el mapa de viaje completo de un migrante que cruzó medio mundo para volverse México.

